Guía práctica para entender lo que hacer durante las peores noches de sueño
Cuando hablamos de pesadillas y terrores nocturnos, nos acordamos de los gritos a mitad de la noche de niños llamando a sus padres o de los clásicos paseos medio sonámbulos en los que aparece el pequeño en medio del salón completamente desorientado y en situación de shock y pánico. La buena noticia es que, con información clara y algunas pautas sencillas, la mayoría de casos llegarán a manejarse bien en casa. Te decimos cómo en este artículo de psicología infantil.
¿Pesadillas o terrores nocturnos?
Estas son las tres claves para diferenciarlos:
- Momento de la noche: las pesadillas aparecen sobre todo en la segunda mitad (sueño REM). Los terrores nocturnos, por su parte, ocurren en el primer tercio (sueño profundo NREM).
- Conciencia y recuerdo: tras una pesadilla, la persona se despierta y suele recordar la escena. En el terror nocturno, el niño permanece dormido o semiconsciente y no recuerda nada al día siguiente (en adultos a veces queda algún fragmento).
- Comportamiento: en el terror nocturno puede haber llanto, gritos, mirada de pánico, sudoración o taquicardia, con escasa respuesta al consuelo; intentar despertarlo tenderá a prolongar el episodio. Sin embargo, en la pesadilla, tu hijo buscará consuelo y verás que se orienta rápido.
Por qué suceden
En la infancia son frecuentes por la maduración del sistema nervioso, y tienden a remitir solos. También pueden aumentar con fiebre, falta de sueño, estrés, cambios de rutina, algunos fármacos o problemas del sueño como la apnea. En adultos conviene descartar causas médicas y explorar estrés o trauma reciente.
¿Y si le pasa a tu hijo? Qué hacer durante un episodio
- Terror nocturno: mantén la calma, no fuerces el despertar, asegura el entorno para evitar golpes y acompaña en silencio o con frases breves y tranquilas. El pico suele durar minutos y cede solo. Si se despierta, guíale de vuelta a la cama con cariño.
- Pesadilla: valida el miedo de tu hijo, ofrecele agua, enciende una luz tenue y ayúdale a que retome una respiración lenta. También podría ayudar a inventar un final alternativo a esa pesadilla.
Prevención que sí funciona
La prevención pasa por una rutina de sueño suficiente y estable. Esto implicará el establecimiento de horarios regulares, y el mantener todos los días un ritual tranquilo antes de ir a la cama. Por ejemplo, apagar la luz o dejar una luz muy baja y evitar las pantallas en la habitación. También será bueno, estimular al niño a que realice alguna actividad física durante el día (esto siempre varias horas antes de acostarse). Y respecto a las cenas, mejor que sean ligeras.
Será de utilidad llevar un diario de sueño donde anotar hora de inicio, duración y rasgos de los episodios para detectar patrones. En casos de terrores repetidos a horas parecidas, puede ayudar el despertar anticipado: adelantar suavemente el despertar unos 10–15 minutos antes de la hora típica durante una o dos semanas, sin activar del todo, y volver a dormir.
Señales de alarma que indican que debes pedir ayuda
Conviene consultar si los episodios son muy frecuentes o intensos, si provocan lesiones, somnolencia diurna o miedo a irse a dormir; también cuando empiezan en la edad adulta o persisten durante la adolescencia (más allá de los 12 años) sin mejoría, o si sospechas apnea del sueño, consumo de sustancias o interacción con fármacos.
Cuando hay ansiedad, estrés o trauma
A veces las pesadillas son recurrentes y no sólo las tienen los niños, sino también los adultos. Estos casos suelen mejorar trabajando estrés, duelo o experiencias difíciles. Las opciones incluyen psicoeducación del sueño, técnicas de relajación/respiración, entrenamiento en imagen ensayada para pesadillas, intervención cognitivo-conductual para insomnio y, si hay recuerdos traumáticos, terapia centrada en el trauma (por ejemplo, la terapia EMDR online) dentro de un plan personalizado.
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